Viernes 1 de agosto | Lección 5
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR
Lee el capítulo titulado “La Pascua” en el libro Patriarcas y profetas,
de Elena de White, pp. 279-285.
“La Pascua debía ser tanto conmemorativa como típica; no solo recordaría la
liberación de Israel de Egipto, sino que también señalaría a la liberación más grande
que Cristo realizaría para libertar a su pueblo de la servidumbre del pecado.
El cordero del sacrificio representa al ‘Cordero de Dios’, en quien reside nuestra
única esperanza de salvación. Dice el apóstol: ‘Nuestra pascua, que es Cristo,
ya fue sacrificada por nosotros’ (1 Cor. 5:7). No bastaba que el cordero pascual
fuese muerto; había que rociar con su sangre los postes de las puertas; así
habrían de aplicarse los méritos de Cristo sobre el alma. Debemos creer, no solo
que él murió por el mundo, sino que murió por cada uno individualmente. Debemos
apropiarnos la virtud del sacrificio expiatorio” (Elena de White, patriarcas
y profetas, p. 281).
Las familias judías observantes de todo el mundo celebran hasta hoy la Pascua
judía, o Pésaj. Durante la primera noche de la celebración realizan una ceremonia
llamada “Séder de Pascua” (séder significa “orden”) durante la cual rememoran
el éxodo y disfrutan luego de una comida especial en familia. Es asombroso que
esto haya sido celebrado desde la época del éxodo. Solo el reposo sabático
durante el séptimo día de la semana, que los judíos observantes también
respetan, se remonta incluso más atrás en el tiempo, hasta el Edén.
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. ¿Cómo
es posible entender la “justicia” del Señor al dar muerte a los primogénitos, muchos
de los cuales eran seguramente “inocentes”? ¿Cómo armoniza esto con la poderosa
realidad del amor de Dios? Pensemos también en el Diluvio. ¿Cómo entenderlo?
2. ¿Qué
significan las expresiones metafóricas según las cuales los creyentes están
“cubiertos” por la sangre de Jesús y su sangre los “limpia” de todas sus
iniquidades?
3. Medita
en lo siguiente: “Los seguidores de Cristo deben participar de su experiencia.
Deben recibir y asimilar la Palabra de Dios para que se convierta en el poder
que motive su vida y acción. Mediante el poder de Cristo, deben ser
transformados a su imagen y reflejar los atributos divinos...
El espíritu y la obra de Cristo deben convertirse en el espíritu y la
obra de sus discípulos” (Elena de White, Patriarcas y profetas, p. 282).
¿Cómo permitimos que Cristo haga en nosotros lo allí descrito?

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