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Lección 1: PERSEGUIDOS, PERO NO OLVIDADOS | Uniendo el cielo y la tierra: Cristo en Filipenses y Colosenses | Sección maestros

Lección 1:

PERSEGUIDOS, PERO NO OLVIDADOS

RESEÑA

Texto clave: Filipenses 4:4.

Enfoque del estudio: Rom. 8:12–39.

Pablo se enfrentó a muchas pruebas y tribulaciones mientras difundía el mensaje de salvación de Dios. Aparte de Jesús, pocos han soportado tanto sufrimiento como Pablo por causa del evangelio. Su lista de penalidades merece nuestra cuidadosa consideración y reflexión. Estas penurias incluyen tribulación, angustia, persecución, hambre, sed, desnudez, espada, falta de vivienda, insultos, calumnias, privaciones, azotes, tumultos, descanso insuficiente, castigos, dolor, pobreza, humillación, naufragios, viajes frecuentes, situaciones que amenazaron su vida en diversas formas (ríos, ladrones, la hostilidad de su propio pueblo y de los paganos) en ciudades, en el desierto, en el mar, etc. Los sufrimientos de Pablo también provinieron de enfermedades y debilidades, y del desafío de cuidar de las iglesias. Obviamente, tampoco se pueden ignorar sus encarcelamientos (ver Rom. 8:35; 1 Cor. 4:11-13; 2 Cor. 4:8, 9; 6:4, 5, 9, 10; 11:23-29; 12:10; Efe. 4:1). La vida de Pablo fue muy difícil.

Habría que inspirar profundamente para poder recitar sin pausa toda la lista anterior. La mayoría de nosotros solemos desanimarnos por mucho menos. Sin embargo, si la lista de sufrimientos de Pablo es impresionante, su inquebrantable confianza es aún más asombrosa. Él dice: “Pero Dios, que nos ama, nos ayuda a salir más que vencedores en todo” (Rom. 8:37).

La lección de esta semana hace hincapié en dos temas principales:

1.      Los sufrimientos de Pablo por causa del evangelio, especialmente sus encarcelamientos.

2.      Las estrategias del apóstol para predicar el evangelio con la mayor eficacia posible, incluso en las circunstancias más difíciles.

COMENTARIO

Ilustración:

G. Curtis Jones narra la siguiente anécdota acerca del médico misionero Wilfred Grenfell (1865-1940). Cuando le preguntaron a este por qué se había comprometido tan incondicionalmente con las misiones cristianas, Grenfell dijo: “En un hospital donde yo era médico residente, trajeron cierta noche a una mujer terriblemente quemada. Su marido había llegado a casa borracho y le había arrojado una lámpara llena de combustible. Se llamó a la policía y por fin trajeron al marido ebrio. El magistrado se inclinó sobre la cama donde yacía la moribunda mujer e insistió en que ella contara a la policía exactamente lo sucedido. Le insistió en la importancia de decir toda la verdad, ya que le quedaba poco tiempo de vida. La pobre víctima volvió la cara de un lado a otro, evitando mirar a su marido, quien estaba de pie junto a la cama. Finalmente, los ojos de ella se posaron en las fuertes manos de él, que subieron por los brazos y los hombros de su esposa hasta llegar a su rostro. Sus ojos se encontraron. La expresión de sufrimiento desapareció del semblante de la mujer, mientras la ternura y el amor iluminaban su rostro. Miró entonces al magistrado y le dijo con calma: ‘Señor, solo ha sido un accidente’, y murió. Grenfell añadió: ‘Así es Dios. Su amor ve a través de nuestros pecados’ ”. Curtis Jones describe este tipo de amor como un “amor sufrido” (1000 Illustrations for Preaching and Teaching [Broadman & Holman, 1986], p. 55). 13

Se esté o no de acuerdo con lo que hizo la mujer —y se podría argumentar muy sólidamente en el sentido de que no hizo lo correcto—, el punto ilustrado sigue siendo válido y poderoso. Al igual que el amor demostrado por la mujer de la historia de Grenfell, el amor de Pablo también abrazó el sufrimiento.

Amor sufrido

En Romanos 8:35, Pablo expresa su confianza en el amor de Cristo por él y por todos nosotros mediante una pregunta retórica: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” La respuesta implícita es un rotundo: “¡Nadie!” Si Dios “no eximió ni aun a su propio Hijo” (Rom. 8:32), ¿por qué podría alguna dificultad separarnos del amor de Cristo? Dios demostró su amor dándonos a su Hijo único; y con él, todas las cosas (Rom. 8:32). Pablo no necesitaba más evidencias del amor de Dios. Nosotros, tampoco.

Pablo confiaba tanto en el amor de Dios que lo menciona repetidamente (Rom. 8:37, 39). Jesús soportó por amor y voluntariamente el sufrimiento y la muerte en nuestro favor (Juan 13:1, 34; 15:9, 12). Por su parte, Pablo estaba dispuesto a soportar el sufrimiento y la muerte por Jesús. De hecho, solo el amor de Cristo por nosotros puede sostener nuestra fe en tiempos de prueba.

En Romanos 8:35, Pablo registra la siguiente lista de penurias que había padecido: tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada. El hecho de que mencione siete penurias sugiere plenitud: representa la totalidad de los padecimientos a los que se enfrentó el apóstol. Como ya se ha señalado, la lista de sufrimientos de Pablo es mucho más extensa. Hasta ese momento, había soportado todas las tribulaciones mencionadas en este pasaje excepto la séptima y última: la espada, que afrontó con notable valentía. Su inquebrantable seguridad en Cristo le permitió hacer frente a la muerte con paz. En el momento de su muerte, Pablo “contemplaba el gran más allá, no con incertidumbre o temor, sino con gozosa esperanza y anhelante expectación. Mientras estaba de pie en el lugar de su martirio, no vio el resplandor de la espada del verdugo ni la verde tierra que pronto recibiría su sangre. A través del apacible azul de ese día de verano contempló el trono del Eterno. Sus palabras fueron: ‘¡Oh Señor! Tú eres mi consuelo y mi porción. ¿Cuándo estaré en tus brazos? ¿Cuándo te contemplaré yo mismo, sin velo oscurecedor que nos separe?’ ” (Elena de White, Historia de la redención, pp. 316, 317).

Pablo confiaba en que, si participamos en los sufrimientos de Jesús, también seremos glorificados con él (Rom. 8:17). Peleó la buena batalla, terminó la carrera y mantuvo la fe. Sabía que recibiría una corona de justicia en ocasión de la resurrección, cuando Cristo regresara (ver 1 Cor. 15:51-55; 2 Tim. 4:7, 8).

Las estrategias de Pablo para la predicación del evangelio

Dadas las arduas circunstancias en las que Pablo predicaba el evangelio, necesitaba emplear sabias estrategias para garantizar el éxito de su labor.

En primer lugar, Pablo seleccionó ciudades importantes del mundo antiguo desde las que podría difundir más fácilmente el mensaje del evangelio. Por ejemplo, eligió Corinto por su privilegiada situación geográfica. “Se presentaba así una oportunidad para la difusión del evangelio. Una vez establecido en Corinto, se comunicaría fácilmente con todo el mundo” (Elena de White, Life Sketches of Paul, p. 99). El apóstol también se centró en Filipos porque era uno de “los centros urbanos más influyentes de su ruta. [...] Su importancia estratégica en la historia del imperio convertía a la ciudad en un paso evangelizador natural para quien se preparaba para llegar a Roma” (Craig S. Keener, Acts: An Exegetical Commentary [Baker Academic, 2014], t. 3, pp. 2380, 2381). Del mismo modo, Éfeso era una de las ciudades más grandes del Imperio Romano, con una población de aproximadamente 250.000 personas en la época de Pablo.

En segundo lugar, Pablo invirtió tiempo en la formación de personas para el ministerio evangelístico. De hecho, Pablo hacía del educar a los jóvenes para el ministerio evangélico una parte de su obra. Él los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían una experiencia que más tarde los habilitaría para ocupar puestos de responsabilidad. Aun cuando estuviese separado de ellos, se mantenía siempre en contacto con su obra, y sus cartas a Timoteo y Tito son una prueba de cuán profundo era su deseo de que tuviesen éxito (Elena de White, Obreros evangélicos, p. 104). En lo que respecta a Timoteo, Pablo no solo lo consideraba su compañero de trabajo, sino también su colaborador literario (ver 2 Cor. 1:1; Fil. 1:1; Col. 1:1; 1 Tes. 1:1; 2 Tes. 1:1; File. 1:1).

En tercer lugar, Pablo siguió la estrategia de “a los judíos primero” (Hech. 13:46; Rom. 1:16), en armonía con la instrucción específica de Jesús (Luc. 24:47; Hech. 1:8; 3:25, 26). Este esquema explica por qué Pablo comenzaba sus esfuerzos misioneros en las sinagogas de las ciudades (Hech. 9:20; 13:5, 14, 46; 14:1; 17:1, 2, 17; 18:4). Reflexionando acerca de que la obra de los discípulos debía comenzar en Jerusalén, Elena de White dice: “Doquiera se encuentre el pueblo de Dios, en las ciudades populosas, en las aldeas o en las zonas rurales, el objetivo misionero prioritario es la familia; después, deben procurar ganar a sus vecinos para Cristo y presentarles las grandes verdades para este tiempo” (Elena de White, “Missionary work in the neighborhood”, Review and Herald, 22 de mayo de 1888, p. 1).

En cuarto lugar, Pablo se comunicaba regularmente con las iglesias mediante cartas. Debido a su “preocupación por todas las iglesias” (2 Cor. 11:28), a menudo no podía permanecer mucho tiempo con los nuevos conversos en las ciudades donde predicaba. Por ello, utilizaba las cartas para instruir a las iglesias. Las cartas, además de tener un fin instructivo, también le servían para llenar el vacío causado por su ausencia física (1 Cor. 5:3; Fil. 2:12).

APLICACIÓN A LA VIDA

Medita en los siguientes temas y pide luego a tus alumnos que respondan las preguntas que aparecen al final de la sección.

Predicar el evangelio puede ser un desafío para muchos cristianos, especialmente cuando las normas sociales entran en conflicto con la Palabra de Dios. A lo largo de los siglos, innumerables personas han afrontado el sufrimiento e incluso la muerte como resultado de su labor misionera, especialmente en los inicios de la misión cristiana, y no será diferente en su conclusión (Apoc. 14:13). Mientras persistimos en la labor misionera y soportamos los sufrimientos que la acompañan, solo hay una fuerza capaz de sostenernos: el amor de Cristo.

La mayoría de los cristianos somos conscientes de los riesgos que conlleva seguir a Cristo, pero también debemos comprender la importancia primordial de cumplir la comisión “vayan a todas las naciones, hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19). La tarea es ardua, pero confiamos en la conducción divina en cada paso del camino. La misión es gratificante, aunque pueda convertirse en una amenaza para la vida. Jesús dice: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10).

En su labor misionera, Pablo empleó diversas estrategias para garantizar su eficacia:

1.      Seleccionó ciudades importantes como puestos de apoyo desde donde difundir más fácilmente el mensaje del evangelio.

2.      Dedico tiempo a formar a otros.

3.      Dio prioridad a los más cercanos.

4.      Se mantuvo constantemente en contacto con aquellos a quienes ministraba.

Deberíamos integrar todas estas estrategias en nuestros propios esfuerzos misioneros. Sin embargo, Pablo sabía que, aunque las estrategias son importantes, nunca pueden sustituir el papel del Espíritu Santo (1 Cor. 12:1-11; Efe. 4:1-6). No debemos olvidar este punto vital.

Preguntas:

1.      ¿Qué desafíos has enfrentado al predicar el evangelio?

2.      ¿Cómo has empleado las cuatro estrategias misioneras de Pablo enumeradas anteriormente y cuáles fueron los resultados?

 



 

 

 

 

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