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Lección 6: CONFIANZA SOLO EN CRISTO | Uniendo el cielo y la tierra: Cristo en Filipenses y Colosenses | Libro complementario

Lección 6:

CONFIANZA SOLO EN CRISTO

En los últimos años, se ha hecho muy popular el deseo de conocer en profundidad la propia historia personal. En tal sentido, las empresas de biotecnología han hecho que resulte muy fácil saber más de lo que nunca antes supimos acerca de la ascendencia biológica. No es infrecuente que algunas personas se enorgullezcan de ser adventistas de cuarta, quinta o incluso sexta generación. Aunque todo eso es maravilloso, también es cierto que cada uno debe tomar la decisión personal de seguir a Cristo por sí mismo. Como alguien dijo: "Dios no tiene nietos, solo hijos". Pablo enfatiza este punto de una manera bastante llamativa en una vigorosa polémica contra quienes insistían en que la circuncisión era necesaria para pertenecer al pueblo de Dios.

En uno de los pasajes más conmovedores del Nuevo Testamento, Pablo rechaza la pretensión de que las buenas obras contribuyen a la salvación y deja claro que la justicia es un don de Cristo, no el resultado del cumplimiento de la Ley. También explica el significado de la circuncisión, que no era un distintivo de justicia, sino una ilustración del cambio de corazón efectuado por el Espíritu Santo. Pablo deja muy claro que "en verdad la circuncisión aprovecha si guardas la ley. Pero si desobedeces la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Y si el incircunciso guarda los requisitos de la ley, ¿no será tenido por circuncidado?" (Rom. 2:25,26). En otras palabras: lo importante es la "circuncisión" del corazón (vers. 29). La señal externa tenía el propósito de simbolizar la consagración a Dios, la obediencia a su voluntad y la justificación por la fe (Rom. 4:11).

Ya en el Antiguo Testamento, varios pasajes se refieren a la "circuncisión" del corazón, sugiriendo que significa la disposición de la persona a entrar en una relación de pacto con Dios caracterizada por el amor y la obediencia a sus mandamientos (Deut. 10:12-16). Esta apertura del corazón a Dios también podía incluir a los extranjeros incircuncisos que decidieran residir en la tierra de Israel (Deut. 10:17-19; cf. Eze. 44:7-9). Esta circuncisión interior permite a la persona amar a Dios con todo su corazón y toda su alma (Deut. 30:6; cf. Rom. 2:28,29). La circuncisión corporal no era garantía del favor de Dios sin la relación correcta simbolizada por dicha circuncisión (Jer. 4:4; 22:3-5; Hech. ^í).1

El bautismo sirve a este propósito para los cristianos, sustituyendo a la circuncisión como señal de un corazón transformado y una vida nueva (Rom. 6:1-4). Esta es la razón por la que Pablo usó un lenguaje tan severo contra quienes engañaban a los filipenses haciéndoles creer que la circuncisión era necesaria para la salvación. De allí que se refiera a aquellos como "perros",2 "malos obreros" y "los que mutilan el cuerpo" (Fil. 3:2; cf. Hech. 15:1,5). Pablo utiliza un juego de palabras en griego, llamándolos katatome ("la mutilación", DHH o "la falsa circuncisión", LBLA). Por el contrario, los maestros fiables, como Pablo, son designados como peritome ("la [verdadera] circuncisión"). Aunque la cuestión había sido decidida varios años antes por los apóstoles y los ancianos en el Concilio de Jerusalén (Hech. 15:6-21), ciertos falsos maestros se negaron a aceptar su fallo y estaban causando confusión y desunión.

Para combatir esta herejía de la salvación por las obras, Pablo hace hincapié en que no debemos poner "nuestra confianza en la carne" (Fil. 3:3). Si alguien tenía razones, aunque equivocadas, para confiar en la carne, era Pablo. Aquí utiliza el término "carne" de forma peyorativa para referirse a cualquier cosa producida únicamente por el poder humano, en contraste con la transformación de vida obrada por el Espíritu de Dios y las buenas acciones que el poder divino del Espíritu hace posibles (ver también Rom. 8:3-6, 9,13; Gái. 3:3; Efe. 2:10). La dependencia de la carne incluye no solo la ascendencia, de la que los judíos estaban tan orgullosos (evidencia de lo cual era su énfasis en la circuncisión), sino también un conocimiento teórico de la Ley de Dios (Rom. 2:17-20), los pactos y el servicio del Santuario (Rom. 9:4), además de todos los esfuerzos humanos por hacer el bien, pero desprovistos del poder del Espíritu (Rom. 4:4; 9:30-33; 11:6; cf. 2 Ped. 1:4). ¿No podríamos caer en una trampa similar al pensar que nuestra buena herencia adventista, la observancia del sábado, el vegetarianismo y el estilo de vida saludable, el conocimiento de la Biblia y la devolución fiel del diezmo de alguna manera hacen más probable que Dios nos salve?

Nada de lo que hagamos nos recomendará ante Dios, "por cuanto todos pecaron, y carecen de la gloria de Dios" (Rom. 3:23). Y nada de lo que hagamos puede compensar nuestra condición pecaminosa. Puesto que la Ley exige una justicia perfecta, tenemos una deuda impagable. Somos como el hombre descrito por Jesús que debía diez mil talentos, equivalentes a millones en dinero actual (Mat. l8:23-35).3¡Reunir esa suma habría requerido trabajar seis días a la semana durante un período de doscientos o trescientos mil años! Jesús contó esta historia para destacar cuán imposible es pagar la deuda espiritual que hemos contraído a causa del pecado. Incluso después de aceptar a Jesús como nuestro Salvador, decidir seguirlo y hacer todo lo que nos indica, deberíamos considerarnos "siervos inútiles", pues simplemente "hicimos [...] lo que debíamos" (Luc. 17:10). "El servicio cristiano para el Señor no puede ganarnos mérito alguno: primero, porque Jesús ya ha pagado nuestra incalculable deuda de pecado; segundo, porque incluso las obras que produce nuestra fe las hacemos por su gracia y su poder".4 Como dijo Pablo anteriormente, "Dios es el que obra en ustedes, tanto el querer como el hacer, para cumplir su buen propósito" (Fil. 2:13).

En el pasado, Pablo solía confiar en su propia justicia, "que viene por la ley'" (Fil. 3:9). De hecho, pensaba que era "irreprensible" en ese sentido (vers. 6), como el joven rico, que dijo: "Todo eso lo he guardado" (Mat. 19:20). Antes de su conversión, Pablo no se daba cuenta de la profundidad de la Ley, que llega hasta lo más íntimo de nuestro ser "y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón" (Heb. 4:12). Por eso, pudo decir: "En otro tiempo yo vivía sin la ley, pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió y yo morí" (Rom. 7:9). Cuando Pablo se dio cuenta de lo que exigía la Ley y de que no tenía forma de cumplir plenamente sus exigencias, comprendió realmente que estaba perdido mientras fuera esclavo del pecado, cumpliendo sus órdenes, ya que el poder del pecado, que residía en su interior, tenía un control total sobre él (Rom. 7:14-24). Su única salvación era estar "en Cristo", liberado "de la ley del pecado y de la muerte" mediante "la ley del Espíritu que da vida" (Rom. 8:1,2). Así, Pablo podía considerar su vida anterior como "basura" para "ganar a Cristo y ser hallado en él, no teniendo una justicia propia que viene de la ley, sino una que viene a través de la fe de Cristo, la justicia de Dios basada en la fe" y para realmente "conocer a Cristo, y la virtud de su resurrección" (Fil. 3:8-10).

En esencia, el antiguo Pablo se apoyaba en la fe en sí mismo, en lo que tenía por herencia y en lo que podía conseguir con sus propias fuerzas. El nuevo Pablo se dio cuenta de que la salvación proviene solo de la fe en lo que Cristo puede hacer. En lugar de ser controlado por el pecado que moraba en él, ahora podía decir: "Con Cristo estoy crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál. 2:20). Elena de White describe esto de la siguiente manera:

Cuando el pecador, atraído por el poder de Cristo, se aproxima a la Cruz levantada y se postra delante de ella, se produce una nueva creación. Se le da un nuevo corazón; llega a ser una nueva criatura en Cristo Jesús. La santidad encuentra que no hay nada más por requerir. Dios mismo es "el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom. 3:26)".5

En esencia, el Plan de Salvación es muy sencillo, ya que consiste en permanecer en Cristo y tenerlo en nosotros, como Jesús mismo lo enseñó a sus discípulos mediante una metáfora agrícola: "Yo soy la vid, ustedes los pámpanos. El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto. Porque separados de mí, nada pueden hacer" (Juan 15:5). Nuestra concepción de lo que significa estar en Cristo es a menudo demasiado limitada, pues ella abarca nada menos que el cumplimiento del propósito último de Dios para la redención de la humanidad, que es volver a unir "todo lo que está en el cielo y lo que está en la tierra" (Efe. 1:10).

¿Cómo logra Dios un objetivo de tan amplio alcance con seres humanos pecadores? A veces no solo nos subestimamos a nosotros mismos, sino también subestimamos el poder de Dios y su Plan de Salvación. Subestimamos lo que el poder divino puede hacer por nosotros. Apuntamos demasiado bajo. Menospreciamos las promesas de Dios porque tenemos muy poca fe. Se nos dice sabiamente: "Necesitamos tener mucha menos confianza en lo que el hombre puede hacer y mucha más confianza en lo que Dios puede hacer por toda alma que cree. Él anhela que extiendan hacia él la mano de la fe. Anhela que esperen grandes cosas de él".6

Pablo reconoce que aún no ha alcanzado todo lo que le es posible en unión con Cristo. Por eso sigue adelante, olvidando lo pasado, pues este no puede ser modificado (Fil. 3:12-14). Pablo se enfoca en el futuro, en la meta final (skopos) de la vida cristiana. La palabra griega skopos (de la que deriva la palabra "telescopio"), usada solo aquí en el Nuevo Testamento, significa fijar la vista en una meta u objeto específico.5 Ese objetivo es recibir el premio del vencedor, que se describe como "el llamado celestial" de Dios (Fil. 3:14; literalmente, "desde arriba [ano]"). Pablo nos anima a enfocarnos en la recompensa final de la vida eterna, representada por la corona que se entrega al vencedor (1 Cor. 9:24,25; 2 Tim. 4:8; Sant. 1:12; 1 Ped. 5:4; Apoc. 2:10).

Este llamado al Cielo incluye la meta de desarrollar un carácter semejante al de Cristo. Pablo reconocía que aún no había alcanzado esa meta; pero se dirigía siempre hacia adelante y hacia arriba, olvidando el pasado y negándose a dejarse retener por él. El apóstol nos anima a perseguir el mismo objetivo y, "si ustedes sienten otra cosa", advierte Pablo, "eso también se lo revelará Dios" (Fil. 3:15), y concluye con otra clave para la unidad de los cristianos: "Sigamos en la misma norma [una misma cosa]" (vers. 16) de avanzar siempre en dirección al Cielo. Tal norma nos mantendrá enfocados en Cristo y en ser como él, en lugar de compararnos con los demás o imaginar que somos algo que en realidad no somos.


1  Clinton Wahleny Wagner Kuhn, "Culture, Hermeneutics, and Scripture", en Biblical Hermeneutics: An Adventist Approach, ed. Frank M. Hasel (Silver Spring, MD: Biblical Research Institute, 2020), p. 1S6.

2 Los perros eran la representación más plena de la inmundicia, probablemente porque eran omnívoros, al punto de consumir su propio vómito (Prov. 26:11). Como señala Keener, "habia carteles con la advertencia 'cuidado con los perros' incluso en la antigua Roma, donde servían como mascotasy guardianes (Petronio, Satyricon 29), lo que sin duda reforzaba el mordaz sarcasmo de la frase de Pablo" [Bible Background Commentary, p. 562),

3 ^ Craig S. Keener, The Cospel of Matthew: A Social-Rhetorical Commentary [Granó Rapids, MI: Eerdmans, 2009), p. 458.

4  Rodríguez, ed. Comentario bíblico Andrews, t. 2, p. 267; cf. Elena de Whlte, Comentario bíblico adventista del séptimo día (Boise, ID: Publicaciones Interamencanas, 1987), t. 5, p. 1122: "La fragancia de los méritos de Cristo es lo que hace que nuestras buenas obras sean aceptables delante de Dios, y la gracia es la que nos capacita para hacer las buenas obras por las cuales él nos recompensa. Nuestras obras en sí mismas y por sí mismas no tienen mérito. Cuando hayamos hecho todo lo que podemos hacer, debemos considerarnos como siervos inútiles. No merecemos el agradecimiento de Dios, pues solo hemos hecho lo que era nuestro deber hacer, y nuestras obras no podrían haber sido hechas con la fortaleza de nuestra propia naturaleza pecaminosa".

 Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro (Florida: ACES, 2014), p. 127.

5  Henry George Liddell, fiobert Scott y Henry Stuart Jones, A Greek-English Lexicón, 9* ed, (Oxford: Oxford University Press, 1996), p. 1614.

 



 

 

 

 

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