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Lección 7: UNA CIUDADANÍA CELESTIAL | Uniendo el cielo y la tierra: Cristo en Filipeneses y Colosenses | Libro complementario

Lección 7:

UNA CIUDADANÍA CELESTIAL

La ciudadanía se ha convertido en un tema de debate en algunas partes del mundo. Las personas han comenzado a reflexionar profundamente acerca de su significado y de su identidad como ciudadanos del país al que pertenecen. Los patrones migratorios han alterado las definiciones anteriores y, posiblemente, han enriquecido la demografía de algunos países. Después de haber vivido en cinco países diferentes del mío, he experimentado de primera mano cómo la exposición a diferentes culturas y prácticas expande el pensamiento y la perspectiva de la vida y del mundo. Esta experiencia también permite comprender mejor la relación entre la cultura y la Biblia.1

Imagina cómo será la transición de la ciudadanía terrenal a la celestial. Probablemente necesitaremos algún tiempo para adaptarnos y asimilar la dinámica de los ángeles. Esa podría ser una de las razones por las que pasaremos mil años en el Cielo con Jesús antes de volver a la Tierra renovada (Apoc. 20-22). Tal vez incluso los ángeles se beneficiarán de los mil años, pues ese período les dará la oportunidad de adaptarse a la migración masiva de seres humanos redimidos a su patria celestial.

Pablo insta a los filipenses a no ser como aquellos "cuyo dios es su vientre [...] que ponen su mente en las cosas terrenales. Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos con impaciencia al Salvador, al Señor Jesucristo" (Fil. 3:19,20). Tal vez conozcas a personas que parecen vivir de diversión en diversión, ya sea en torno a la comida, la bebida, los juegos, las películas, las fiestas u otras innumerables actividades, ocupándose de un sinfín de cosas y sin considerar los valores eternos y su destino final. Aunque puede que no haya nada malo en las recreaciones inocentes, debemos prepararnos para el Cielo, pues ese es nuestro destino deseado. ¿De qué manera la comprensión de que nuestra ciudadanía está en el Cielo puede alterar nuestra rutina diaria y nuestras opciones de estilo de vida y modo de recrearnos?

Pablo concluye su epístola a los filipenses con lo que podrían llamarse claves para vivir como ciudadanos del Cielo. A lo largo de la carta, Pablo indica su estrecha relación con esta iglesia, que fundó en el año 50 d. C. durante su segundo viaje misionero (Hech. 16:11-40). "De todas las cartas que Pablo escribió a las iglesias, esta a los filipenses destaca por ser la más personal. Ninguna reprimenda aguda a la congregación empaña su espíritu alegre: ningún problema inquietante amenaza el progreso de la iglesia. Las advertencias son de carácter cautelar y preventivo".2 Tal vez no deba sorprendernos, pues, que haya tantas palabras alentadoras y edificantes.

CLAVES PARA VIVIR COMO CIUDADANOS DEL CIELO

Muchos principios cristianos que guiaron la vida de Pablo se agrupan cerca del final de esta epístola. Es casi como si Pablo quisiera impartir toda la sabiduría práctica posible para vivir los valores celestiales antes de cerrar esta carta (Fil. 4:4-8).

1. "¡Regocíjense en el Señor siempre!". Como cristianos, tenemos muchas razones para alegrarnos. Por nombrar solo algunas: Dios nos ama; Jesús murió por nosotros; hemos sido perdonados; tenemos el don del Espíritu Santo, a través del cual tenemos la seguridad de la salvación; un lugar en el Cielo está preparado para nosotros; pertenecemos a una familia espiritual que incluye a millones de creyentes en todo el mundo e incontables ángeles en el Cielo. Pedro nos insta a tener una actitud gozosa aun en medio de las dificultades: "Gócense de ser participantes en las aflicciones de Cristo, para que también se gocen en la revelación de su gloria" (i Ped. 4:13).

2. "No se preocupen por nada". Jesús también nos enseñó que no debemos preocuparnos por nada, ni siquiera por lo que debemos comer o beber, o por el vestido (Mat. 6:25,31). Ni siquiera debemos preocuparnos por el día de mañana, porque "el día de mañana traerá su propia preocupación" y "cada día tiene ya sus problemas" (Mat. 6:34, NVI). Aunque necesitamos proveer para nosotros y para nuestra familia, debemos confiar en Dios en lugar de preocuparnos por ello, pues nuestro "Padre celestial" sabe qué necesitamos (vers. 32). El Creador sabe que la preocupación, el estrés y la ansiedad pueden ser enormemente perjudiciales para nuestra salud física y mental. La ciencia ha descubierto que esto se debe a niveles elevados y persistentes de cortisol. Los problemas resultantes pueden incluir úlceras pépticas, hipertensión, disfunción metabólica y depresión del sistema inmunitario, además de un deterioro de la función cerebral.3 En lugar de preocuparnos, Pablo dice que debemos orar por todo. Curiosamente, se nos dice que: "Si se pusieran a un lado el orgullo y el egoísmo, cinco minutos bastarían para eliminar la mayoría de las dificultades".3

3. Orar con "acción de gracias". Se nos invita a orar por todo; es decir, en toda circunstancia y situación (Fil. 4:6) y a dar gracias a Dios. "Ninguna cosa es demasiado grande como para que él no la pueda soportar. [...] Nada que de alguna manera afecte nuestra paz es demasiado pequeño como para que él no lo note".4 Si pedimos algo con la disposición a aceptar la voluntad de Dios, podemos confiar en que él nos escuchará y nos dará lo que solicitamos (1 Juan 5:14,15). Por supuesto, a menudo no sabemos cuál es la voluntad de Dios, o tal vez pedimos algo que no es lo mejor para nosotros. En ese caso, "nuestro Padre celestial responde con amor nuestras oraciones dándonos lo que es para nuestro mayor bien: lo que nosotros mismos desearíamos si, con visión divinamente iluminada, pudiéramos ver todas las cosas como realmente son".6

4. Permitan que la paz de Dios "guarde sus corazones y mentes". A menudo, nos preocupamos por cosas que nunca suceden, lo cual nos crea problemas innecesarios. Por eso necesitamos que la paz de Dios guarde nuestros corazones y mentes. "El Señor no se agrada de que nos irritemos y preocupemos, lejos de los brazos de Jesús. Él es la única fuente de toda gracia, el cumplimiento de cada promesa, la realización de toda bendición".5 Toda paz tiene su origen en Dios y proviene de confiar en él y ponerlo en primer lugar en nuestra vida: "Tú guardas en completa paz al que persevera pensando en ti, porque en ti confía" (Isa. 26:3). Esta paz "supera todo entendimiento" (Fil. 4:7). Recuerdo haber estado en un vuelo transatlántico con turbulencias tan violentas que la gente a mi alrededor gritaba de pánico, y algunos incluso vomitaron. La paz que sentí en ese momento provenía de que había orado y sabía que estaba en las manos de Dios.

5. "Si hay algo digno de alabanza, piensen en eso". La vida cristiana es, en muchos aspectos, una batalla que se libra en nuestro interior. El Diablo trata de arrastrarnos hacia abajo, mientras que Jesús trata de atraernos hacia el Cielo. Somos tentados de diversas maneras por lo que vemos y oímos, por cómo nos tratan y por nuestros propios sentimientos. David conocía estas tentaciones y resolvió: "No pondré ante mis ojos cosa injusta" (Sal. 101:3). Pablo provee una regla positiva que ilustra los principios del Cielo: debemos centrarnos en las cosas que son verdaderas, honorables, justas, puras, amables, de buen nombre, virtuosas y dignas de alabanza. Pablo explicó a los corintios cómo nuestra mente puede mantenerse enfocada en lo celestial, pues las armas que empleamos son "poderosas en Dios", permitiéndonos "cautivar todo pensamiento en obediencia a Cristo" (2 Cor. 10:4,5).

Pero esto solo es posible en virtud de la transformación del corazón como resultado de la conversión y el "nacimiento de lo alto" por obra del Espíritu Santo (Juan 3:3,5). Así es como comenzamos a experimentar nuestra ciudadanía celestial. Como comenta Elena de White: "El corazón es la ciudadela del hombre. De él mana la vida o la muerte. Mientras su corazón no esté purificado, una persona queda descalificada para tener parte alguna en la comunión de los santos".6 La hermosa oración de Charles Wesley también describe esto cuando pedía: "Un corazón para alabar a mi Dios, libre de pecado, rociado con la sangre gratuitamente derramada por mí. Un corazón con pensamientos plenamente renovados y lleno del amor divino. Un corazón perfecto, recto, puro y bueno. Oh, Señor, un corazón que sea una copia de ti".7

LAS CLAVES DEL CONTENTAMIENTO

Pablo también comparte los principios del contentamiento aquí en la Tierra (Fil. 4:9-13). Curiosamente, primero nos señala su ejemplo: "Lo que aprendieron y recibieron, oyeron y vieron en mí, eso hagan; y el Dios de paz estará con ustedes" (Fil. 4:9). Él comprendió que "el argumento más poderoso en favor del evangelio es un cristiano amante y amable".8 Pablo agradece a los filipenses su generosidad hacia él, que tal vez consistió principalmente en apoyo financiero, pero que también podría haber incluido vestimenta u otros artículos de primera necesidad.11 Al mismo tiempo, quiere que sepan que, aunque agradece que proveyeran para sus necesidades materiales, estas no son lo más importante para él.

"Aprendí a estar contento en toda situación". Esto dice mucho, especialmente en vista de algunas de las pruebas que Pablo experimentó. Él dice: "Tres veces fui azotado con varas; una vez, apedreado. Tres veces naufragué. Una noche y un día pasé a la deriva en alta mar. [...] En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez" (2 Cor. 11:25,27). Por supuesto, también fue custodiado como prisionero en Jerusalén, Cesarea, Filipos y ahora Roma.

Nota que Pablo aprendió a estar contento; es decir, no fue algo que ocurrió naturalmente. La palabra griega traducida como "aprender" (manthanó) es la misma que Jesús usa cuando dice: "Aprendan de mí" (Mat. 11:29). Pablo aprendió esto de Jesús cuando se convirtió en su discípulo (Efe. 4:2o).12 "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". En su contexto, esta poderosa promesa se refiere a estar capacitados para permanecer satisfechos y semejantes a Cristo en cualquier situación en la que nos encontremos. Es fácil ser un ángel cuando nadie nos molesta, pero no en tiempos difíciles. Sin embargo, la promesa de Dios es segura. En cierta ocasión, cuando los discípulos se preguntaban quién podría salvarse, Jesús les aseguró: "Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios" (Luc. 18:27). Fíjate también en este excelente consejo para la vida cristiana:

Necesitamos tener mucha menos confianza en lo que el hombre puede hacer y mucha más confianza en lo que Dios puede hacer por toda alma que cree. Él anhela que extiendan hacia él la mano de la fe. Anhela que esperen grandes cosas de él. Anhela darles inteligencia tanto en las cosas materiales como en las espirituales.

Él puede aguzar el intelecto. Puede impartir tacto y habilidad. Empleen sus talentos en el trabajo; pidan a Dios sabiduría, y les será dada.13

Las limitaciones que a menudo sentimos no tienen que ver con Dios. Es nuestra limitada fe lo que restringe su accionar en nuestro favor.

"Mi Dios, pues, suplirá toda necesidad de ustedes, conforme a su gloriosa riqueza en Cristo Jesús". Volvemos aquí nuevamente al hecho de que no tenemos que preocuparnos por nuestras necesidades materiales, pues Dios ha prometido ocuparse de ellas. También promete suplir ilimitadamente todas nuestras necesidades espirituales. La palabra clave aquí, por supuesto, es necesidad. Muchas veces pensamos que necesitamos lo que queremos. Nuestras necesidades más profundas son las que solo Dios puede suplir. Él está más que dispuesto a hacerlo y es capaz de ello: "El Hermano mayor de nuestra familia humana está junto al trono [...]. Está velando sobre ti, tembloroso hijo de Dios. ¿Estás tentado? Te librará. ¿Eres débil? Te fortalecerá. ¿Eres ignorante? Te iluminará. ¿Estás herido? Te curará".9

Pablo nos anima a avanzar hacia la meta con la confianza de que Dios suplirá todo lo que necesitemos. Podemos vivir por encima de las molestias y los inconvenientes cotidianos, "demostrando ante el mundo, los ángeles y los hombres que la esperanza de ver el rostro de Dios es digna de todo el esfuerzo y el sacrificio que demandó su logro".10


1  Para más información acerca de esta importante cuestión, ver Wahlen y Kuhn, "Culture, Hermeneutics, and Scripture: Discerning What Is Universal", pp. 131-177.

2  Kent, Philippians, p. 99.

J Neil Nedley, Depression: The Way Out (Ardmore, OK: Nedley Publishing, 2005), pp. 129,130.

3  Elena de White, Primeros escritos (Florida: ACES, 2014), p. 150.

4  Elena de White, El camino a Cristo (Florida: ACES, 2017], p. 86.

5  Elena de White, Mente, carácter y personalidad (Florida: ACES, 2013), t. 2, p. 470.

6  Elena de White, Testimonios para la iglesia (Doral, FL: APIA, 2008), t. 5, p. 506.

7  Charles Wesley, "O for a Heartto Praise My Cod" (7742).

8  Elena de White, El ministerio de curación (Florida: ACES, 2008), p, 373.

El sustantivo griego mathétés (discípulo) está emparentado con el verbo manthanó (aprender).

Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro (Florida: ACES, 2014), p. 112,

9 Elena de White, El ministerio de curación (Florida: ACES, 2008), p. 47,

10  Elena de White, Los hechos de los apóstoles (Florida: ACES, 2017), p. 399.



 

 

 

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