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Lección 11: EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU | Temas en el evangelio de Juan | Sección maestros

Lección 11:

EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU

RESEÑA

Textos clave: Juan 14:6-11; 1:13; 3:5-8; 6:63; 14:26; 15:26; 16:7-11; 17.

La lección de esta semana trata acerca del Dios trino y de cómo Jesús, la segunda Persona de la Deidad, está interconectado con sus otros dos integrantes.

Hay varios pasajes del Nuevo Testamento en los que se menciona a los tres integrantes de la Deidad en un mismo contexto. Uno de ellos es el bautismo de Jesús. Según consta en Mateo 3:16 y 17, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús y se oyó la voz del Padre. En Juan 1:1 al 3, y 32, aprendemos que Jesús y el Padre son uno, y que Juan el Bautista fue testigo de cómo el Espíritu Santo, descendía sobre el Hijo en forma de paloma.

Los capítulos 13 al 17 del Evangelio de Juan se consideran la despedida de Jesús, justo antes de su crucifixión, resurrección y ascensión. En estos capítulos, Jesús se centra en el importante tema de su relación con su Padre y con el Espíritu Santo, y en cómo podemos acercarnos a Dios por medio de él. Jesús quiso despedirse con este importantísimo pensamiento para que recordemos siempre que él vino del Padre, que es como el Padre, y que el Espíritu Santo, su Representante, es enviado para enseñarnos, convencernos y consolarnos hasta que Jesús regrese.

COMENTARIO

El Padre celestial

Génesis 1 y Juan 1 tienen algo en común. El Dios trino participó tanto en la Creación como en la Redención por medio de Jesús. El Verbo creador dio forma a un mundo perfecto, que se vio empañado por el pecado, que interrumpió el acuerdo armonioso que existía entre Dios y sus seres creados. Felizmente, Jesús, el Verbo redentor, asumió la tarea de restaurar la armonía perdida y obtuvo la victoria. Luchó además contra la muerte y venció. (Ver Rom. 6:8-14; 2 Cor. 5:21).

Es fácil suponer que solo Jesús sufrió en la Cruz, pero el Padre y el Espíritu Santo también sufrieron con él. En 2 Corintios 5:19, Pablo dice que "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo sin tomar en cuenta el pecado de los hombres; y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación". Es digno de mención que Dios quiere que participemos activamente en el ministerio de la reconciliación, que tengamos el impresionante privilegio de compartir con otros la obra de Jesús como embajadores de su Reino.

Jesús dio testimonio de que él y su Padre son uno; de hecho, lo son desde la eternidad. Él mismo dijo: "Yo y el Padre somos uno" (Juan 10:30), y "el Padre está en mí y yo en el Padre" (Juan 10:38). El Padre ha invertido mucho en este mundo, y lo ama tanto como a su único Hijo. Jesús hace la perfecta voluntad de su Padre (Juan 5:30); el Padre habla y actúa a través de él (Juan 14:10); y él otorga la salvación a quienes creen en su Hijo (Juan 3:16).

Jesús y el Padre

Tanto la Creación como la Salvación fueron iniciativa de Dios. Creó a Adán y a Eva por amor, para estar en comunión con ellos. Esta comunión fue interrumpida por el pecado, pero Dios no nos abandonó a nuestra suerte. Él tomó la iniciativa de restaurar nuestra relación rota con él. A veces tendemos a enfatizar nuestro compromiso con Dios, pero ¿qué sería de nuestro compromiso humano sin su gran compromiso con nosotros? Su compromiso inspira el nuestro. Pablo afirma este punto al preguntar: "¿O menosprecias la riqueza de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que su bondad te guía al arrepentimiento?" (Rom. 2:4).

Jesús vino voluntariamente a nuestro mundo pecador en una misión divina para rescatarlo de las garras del maligno. Dios, en su amor, compartió esta iniciativa y aceptó venir a este mundo en la Persona de su Hijo y morir por cada uno. Juan 3:16 dice claramente que Dios amó al mundo hasta el extremo de enviar a su Hijo único a morir por él, pues solo su muerte podía redimirnos de nuestra muerte. Abraham y su hijo prometido, Isaac, tipificaron esta promesa mediante su disposición a cumplir la petición de Dios.

Pero la diferencia era que el sacrificio de Isaac no sería sustitutivo, como habría de serlo el de Cristo. Esta diferencia radicaba en el hecho de que el Hijo de Dios, a diferencia de Isaac, era la Fuente de la vida. "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Desde el principio estaba con Dios. [...] En él estaba la vida, y esa vida era la luz de los hombres" (Juan 1:1, 2, 4). Elena de White dice que "en Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra" (El Deseado de todas las gentes, p. 489).

Conocer al Hijo es conocer al Padre (Juan 14:6-11)

El Evangelio de Juan es el lugar de la Biblia que más referencias contiene al Padre, sobre todo en los últimos capítulos. Jesús se refiere 136 veces a cómo es el Padre y a la unidad que existe entre ambos. Algunos críticos literarios pueden rotular como innecesaria tal insistencia, pero Jesús quería asegurarse de que conociéramos y valoráramos a su Padre. Además de eso, Jesús subrayó cómo encarnaba la perfecta voluntad de su Padre en todo lo que decía y hacía.

Tal vez la referencia que resume este enfoque sea la respuesta de Cristo a Felipe en Juan 14:9: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre". Esta clara declaración debería llevarnos a todos a relacionarnos con Dios el Padre como nos relacionamos con Dios el Hijo, pues cualquier característica de Jesús que veamos en los evangelios debe también ser vista como perteneciente al Padre. Esta comprensión alentadora debería ayudarnos a entrar en una relación de amor mutuo tanto con el Padre como con el Hijo.

La pregunta pertinente que debemos hacernos aquí es: ¿Cómo impactaría en nuestra vida cotidiana seguir el ejemplo de Cristo de no hacer nuestra voluntad sino la sabia voluntad de nuestro Padre celestial?

El Espíritu Santo (Juan 1:13; 3:5-8; 6:63; 14:26; 15:26; 16:7-11)

El Espíritu Santo es el Agente activo en el proceso dinámico de la conversión espiritual, un proceso descrito por Jesús como un nuevo nacimiento. Ya al principio de su Evangelio, Juan aborda esta cuestión vital cuando dice que ese nuevo nacimiento no ocurre "en forma natural, por voluntad humana, ni por el deseo de un hombre", sino que es obra "de Dios" (Juan 1:13). Este acontecimiento sobrenatural es el resultado de la influencia del Espíritu Santo en el corazón humano.

Es el Espíritu Santo quien despierta la conciencia a la urgente necesidad de salvación y convence de la veracidad de todo lo que el Padre y el Hijo dicen y hacen. Además de ser aquel que se sienta a nuestro lado para darnos consuelo, el Espíritu Santo es especialista en convencer. Deberíamos estar agradecidos cuando experimentamos una dosis beneficiosa de culpabilidad, porque es una clara señal de que el Espíritu está activo en nuestra vida, exhortándonos a que actuemos correctamente.

En Juan 16:8 al 15 se encuentran otras funciones del Espíritu Santo a las que alude el Evangelio de Juan. Para empezar, el Espíritu convence nuestras conciencias de la culpa con respecto al pecado, que nos daña y qué debe ser eliminado de nuestra vida. En segundo lugar, nos convence de la justicia y de la alegría de hacer lo que es correcto en lugar de lo que es egoísta. Esta justicia, tanto imputada como impartida, viene solamente del "Sol de justicia" a través del ministerio del Espíritu. En tercer lugar, el Espíritu nos convence del juicio que sin duda ocurrirá. Esta convicción debe llevarnos a arrepentimos y a estar preparados para la pronta venida de Cristo. La convicción del juicio venidero debe apresurar nuestra entrega al Padre con verdadero arrepentimiento y la consiguiente reforma. En cuarto lugar, el Espíritu Santo nos guía a toda la verdad tal como es en Jesús. Mientras damos testimonio a otros, Jesús trae a nuestra mente lo que debemos decir en el momento oportuno (Luc. 21:14, 15)- Quinto, el Espíritu glorifica a Jesús al honrar sus palabras y su voluntad.

La oración de Jesús (Juan 17)

La oración de Juan 17 se conoce como la oración intercesora de Jesús, la más extensa y profunda de sus oraciones. En ella, Jesús ora por sí mismo, por sus discípulos y por todos los creyentes, presentes y futuros, pues dice a Dios: "No ruego solamente por ellos [los discípulos], sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos" (Juan 17:20). Las oraciones de Cristo no solo son poderosas, sino también abarcan todo. Es un hecho que él ora por nosotros de manera personal, apasionada, poderosa y constante.

Jesús oró personalmente por Pedro en Lucas 22:31 y 32. Oró apasionadamente por su pueblo obstinado y descarriado. (Ver Mat. 23:37). Pablo dice, en Hebreos 5:7, que "Cristo ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas". Él oró poderosamente incluso por sus enemigos cuando lo crucificaban: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34). Las oraciones de Jesús fueron escuchadas cuando sus enemigos se convirtieron en respuesta a la predicación de Pedro, ungida por el Espíritu. Por último, Jesús ora constantemente, no de forma intermitente, como lo hacemos cuando oramos por los demás. Hebreos 7:25 dice que Jesús "puede salvar perpetuamente a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos".

APLICACION A LA VIDA

Reflexiona acerca de las siguientes preguntas y respóndelas:

1. ¿Recuerdas alguna ocasión en la que te hayas sentido frustrado por no comprender plenamente lo que dice la Palabra de Dios? En ese contexto, ¿cómo te ayuda considerar la infinitud de Dios en comparación con tu propia finitud? El conocimiento perfecto de nuestro Dios infinito abarca todo el espectro del conocimiento y la sabiduría, pero nuestro conocimiento limitado solo cubre una pequeña porción de ese espectro. ¿No debería esta realidad llevarnos a someternos a su voluntad y a "estar quietos y saber que [él es] Dios" (ver Sal. 46:10)?

2. ¿Te has dado cuenta de que el Padre es como el Hijo, y que el Hijo es como el Padre? En caso afirmativo, ¿cómo? ¿Cómo te ayuda esta comprensión a intimar más con Dios Padre?

3. ¿Qué sientes al pensar que incluso aquí, y más aún en el Cielo, es posible experimentar la intimidad y la cercanía que Jesús tiene con el Padre?

4. La obra del Espíritu Santo es producir convicción de pecado, de justicia y de juicio en el corazón humano. Si por alguna razón te estás resistiendo a esa obra del Espíritu en tu conciencia, ¿qué puedes hacer al respecto?

5. ¿Has pensado que deberías unir tu frágil fe y tus oraciones a las formidables oraciones de fe de Jesús, para así edificar tu fe y fortalecer tu vida de oración? ¿Qué diferencia crees que producirá esa unión en tu camino espiritual hacia el Reino?

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