RESEÑA
Enfoque del estudio: Salmo
78; Mateo 21:12, 13; Juan 2:14, 15.
Introducción: La
ira de Dios es una expresión disciplinaria de su amor respecto del mal y el
pecado.
Temática de la lección
La lección de esta semana
destaca dos puntos básicos:
La ira de Dios es su
respuesta santa y paciente al pecado: La respuesta de Dios
al mal y la injusticia no es una iniciativa arbitraria, incontrolable o
vengativa, sino que es siempre amorosa y firme. Su ira es una respuesta al
pecado persistente que hace daño a su Creación. Como tal, es otra expresión de
su amor, ya sea para castigar a los malvados por sus pecados o para liberar a
su pueblo de las garras de ellos. En las Escrituras, la ira de Dios se entiende
mejor en cada contexto donde aparece, como en el Salmo 78. A pesar de todas las
señales y las maravillas realizadas por Dios en favor de su pueblo, este se
olvidó de él y se volvió terco, rebelde e impenitente.
La ira de Dios es una
indignación amorosa y justa: La ira de Dios es
vívidamente descrita en la Escritura como una indignación amorosa y justa en
respuesta a la opresión y el sufrimiento de su pueblo. Dios interviene
activamente para castigar el mal, ya que la bondad y el amor perfectos que
siente por nosotros provocan en él una justa indignación al ver la injusticia y
la maldad en el mundo. Su ira es la respuesta adecuada del amor contra el mal,
que lastima, daña y destruye a sus amadas criaturas.
Aplicación a la vida
En vista de la respuesta
responsable de Dios ante la injusticia y el mal, ¿cómo debemos obrar para
eliminar la injusticia y aliviar el sufrimiento de las personas?
La
ira de Dios es su respuesta santa y paciente al pecado
La enseñanza bíblica acerca
de la ira de Dios se entiende mejor en cada contexto donde es mencionada. El
Salmo 78, el segundo más extenso después del 119, destaca acontecimientos
específicos de la historia de Israel, centrándose particularmente en el Éxodo y
el peregrinaje por el desierto. En esta narración poética, Asaf anima al pueblo
de Dios a ser fiel al Señor y a comportarse de manera diferente de las rebeldes
generaciones pasadas.
A diferencia de muchos
otros, el Salmo 78 no se dirige a Dios en forma de cántico u oración cantada,
sino al pueblo en forma de instrucción. Lo más probable es que el salmista
pretendiera de esa manera ayudar al pueblo a recordar los poderosos y amorosos
actos de Dios mientras entonaban esta narración poética, asegurándose así de
que no olvidaran, como lo hizo la generación del desierto.
El verbo hebreo que se
refiere aquí a olvidar (shakah) es usado dos veces en el
salmo. En el Salmo 78:7, el énfasis en no olvidar las obras del Señor se asocia
con poner la "confianza en Dios" y guardar "sus
mandamientos". Por el contrario, olvidar las obras de Dios implica ser "terco
y rebelde" y mostrar un "espíritu infiel" a Dios (Sal. 78:8). A
pesar de todas las maravillas y las bendiciones atestiguadas en el desierto, el
pueblo se rebeló y "volvieron a pecar" (vers. 17), "tentaron a
Dios en su corazón" (vers. 18) y "hablaron contra Dios" (vers.
19). En respuesta a este pecado, oímos la referencia a la ira de Dios en el
Salmo 78:21: "El Señor oyó y se indignó. Su fuego se encendió contra
Jacob, y el furor subió también contra Israel". La razón de la ira de Dios
es resumida de esta manera en el versículo siguiente: "Porque no creyeron
a Dios ni confiaron en su salvación" (vers. 22), a pesar de todas las
señales y los prodigios realizados por el Señor ante sus ojos.
Del mismo modo, la siguiente
referencia a la ira de Dios en el Salmo 78:31 declara que "con todo,
pecaron aún, y no dieron crédito a sus maravillas" (vers. 32). El salmo
señala que, cuando Dios los disciplinó, empezaron a buscarlo de nuevo y a recordar
que él era su salvación (vers. 34, 35).
Sin embargo, esta reacción
no fue sincera. De hecho, "lo adulaban con su boca, y con su lengua le
mentían, pues su corazón no era sincero con él ni estuvieron firmes en su
pacto" (vers. 36, 37). Precisamente en este contexto, encontramos la descripción
más hermosa y amorosa de la ira de Dios en el salmo: "Sin embargo, Dios
les tenía compasión, perdonaba su maldad y no los destruía. Muchas veces apartó
su ira y no despertó todo su enojo" (vers. 38).
Asaf también recordó al
pueblo de Dios que la ira divina los libró de la opresión en Egipto, cuando sus
juicios cayeron sobre los egipcios (vers. 49, 50). Pero después de esta
maravillosa liberación, los israelitas "tentaron a Dios, se rebelaron contra
el Altísimo, y no guardaron sus testimonios" (vers. 56). Entre los
mandamientos divinos, se hace especial hincapié en el pecado de la idolatría,
en el que los israelitas incurrieron durante el peregrinaje por el desierto:
"Lo enojaron con sus lugares altos, y con sus ídolos provocaron su
celo" (vers. 58). Es digno de mención que en este contexto la ira de Dios
se manifiesta a través del alejamiento de la protección divina: "Dejó el
santuario de Silo" (vers. 60) y "entregó también a su pueblo a la
espada" (vers. 62).
El Salmo 78 utiliza un tono
poético para describir la ira de Dios, enfatizando que no es algo caprichoso o
impulsivo. En lugar de ser una reacción descontrolada, la ira de Dios es su
respuesta consciente y decidida a la persistencia en el pecado y la terquedad
de su pueblo.
La
ira de Dios es una indignación amorosa y justa
Las narraciones de los evangelios acerca de la purificación del Templo por parte de Jesús (Mat. 21:12, 13; Mar. 11:15-17; Luc. 19:45-48; Juan 2:14, 15) proveen un valioso ejemplo de cómo la ira divina no debe entenderse como una actitud caprichosa e impulsiva. Más bien, consiste en una indignación justa y responsable por parte de Dios.
En
el capítulo 16 ("En su Templo") de El Deseado de todas las
gentes, Elena de White ofrece observaciones perspicaces para nuestra
reflexión acerca de la ira de Dios.
Muchas veces ella argumenta en este capítulo que no fue solo el hombre Jesús
quien realizó la purificación del Templo. En sus palabras, "la
purificación del Templo era una manifestación de un poder más que humano" (El Deseado
de todas las gentes, p. 136). "Mirando a Cristo, todos vieron la
divinidad que fulguraba a través del manto de la humanidad" (p. 131).
Elena de White explica que
los comerciantes que estaban en el atrio del Templo "pedían precios
exorbitantes por los animales que vendían, y compartían sus ganancias con los
sacerdotes y los gobernantes, quienes se enriquecían así a expensas del pueblo"
(p. 129). Así, en lugar de servir verdaderamente como representantes de Dios
ante el pueblo corrigiendo "los abusos que se cometían en el atrio del
Templo", los sacerdotes y los gobernantes estaban buscando "sus
propias ganancias" (p. 130). Como ella señala, "deberían haber dado
al pueblo un ejemplo de integridad y compasión", estando atentos a
"las necesidades de los adoradores" y "dispuestos a ayudar a
aquellos que no podían comprar los sacrificios requeridos" (p. 130). Sin
embargo, dejaron que la codicia endureciera sus corazones.
Elena de White describe a
las personas que estaban en el Templo como "los que sufrían, los que se
hallaban en necesidad y angustia. Estaban allí los ciegos, los cojos, los
sordos. Algunos eran traídos sobre camillas. Muchos de los que venían eran demasiado
pobres para comprarse la más humilde ofrenda para el Señor, demasiado pobres
como para comprarse alimentos con que satisfacer el hambre" (p. 130). Pero
los sacerdotes no sentían "simpatía o compasión" por ellos. "Su
sufrimiento no despertó piedad en los corazones de los sacerdotes" (p.
157).
En contraste con los
sacerdotes, Jesús vino al Templo y vio "las transacciones injustas" y
"la angustia de los pobres". Luego, Elena de White utiliza el
lenguaje propio de la indignación para destacar la reacción de Jesús. "Al
contemplar la escena, la indignación, la autoridad y el poder se expresaron en
su semblante" (p. 131). En este contexto de indignación, Elena de White
destaca el hecho de que la divinidad de Cristo fulguró a través de su
humanidad. Mientras "los que se dedicaban a su tráfico profano" lo
contemplaban, sintieron que estaban "ante el tribunal de Dios para
responder por sus hechos" (p. 131). Ella califica el acto de Jesús de
volcar "las mesas de los cambiadores" como "un celo y una
severidad que nunca manifestó antes" (p. 131).
Cabe señalar que esta ira no
puede ser correctamente entendida sin el énfasis en "la simpatía de Cristo
hacia los pobres", la cual "se había despertado" por el tráfico
del Templo (p. 134). "Con lágrimas en los ojos decía a los temblorosos que
lo rodeaban: 'No teman, yo los libraré, y ustedes me glorificarán' " (p.
134).
Esta narración bíblica,
bellamente explorada por Elena de White, muestra cómo la ira de Dios es una
indignación amorosa y justa contra la opresión y el sufrimiento de su pueblo.
En última instancia, esta indignación divina es la causa del deseo de Dios de
salvarnos y pone en marcha una poderosa liberación del pueblo como resultado
del juicio de Dios contra los opresores.
En el artículo
"Reflexiones acerca de la ira de Dios", Marvin Moore medita acerca de
la respuesta divina a la injusticia. Moore menciona una historia que puede
adaptarse brevemente como sigue: Cierto día, una madre salió al patio trasero
de su casa para buscar algo y vio que su hija adolescente estaba siendo
agredida sexualmente por su tío. ¿Debería esa madre ir a su habitación y
limitarse a orar por esa situación o debería intervenir para detener tanto el
pecado como al pecador? (ver Journal of the Adventist Theological
Society 15, N° 2 [2004], pp. 118-127). Con esta historia en mente,
pide a tus alumnos que dialoguen acerca de las siguientes preguntas:
1. ¿Cómo debe actuar
Dios cuando ve todos los abusos y las injusticias cometidos contra su pueblo?
¿Está bien que él sienta una ira intensa?
2. ¿Es la ira de Dios
una expresión de su amor? Explica tu respuesta.
3. ¿Debe él intervenir
para terminar con el pecado y con el pecador? ¿Por qué sí o por qué no?
4. ¿En qué situaciones
has intervenido activamente para eliminar la injusticia o aliviar el
sufrimiento de los demás?
5. La Biblia nos
exhorta a airarnos sin pecar (Efe. 4:26). Con esta noción en mente, comparte
ejemplos concretos de tu vida diaria en los que la ira pueda ser una expresión
de amor.

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