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Lección 3 | CONÓCETE A TI MISMO | Lunes 13 de abril

Lunes 13 de abril | Lección 3

CONÓCETE A TI MISMO

Dos hombres asisten a la iglesia para orar. Uno de ellos, un dirigente respetado, se ubica en la entrada antes de que comience el servicio religioso para que los demás asistentes puedan verlo. Ora en voz alta, dando gracias a Dios por su propia bondad. El otro hombre, un marginado de la sociedad, tiene los ojos empañados por las lágrimas debido a la carga de su pecado y se postra en un rincón del templo mientras susurra con desesperación: «Señor, ten piedad de mí, porque soy un pecador».

Lee Lucas 18: 9 al 14. ¿Qué piensas de estos dos hombres? ¿Qué pensó Jesús? ¿Qué lección importante hay aquí para todos nosotros?

Luc 18:9  A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:

Luc 18:10  Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.

Luc 18:11  El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;

Luc 18:12  ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.

Luc 18:13  Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.

Luc 18:14  Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

Nos resulta muy sencillo exaltarnos a nosotros mismos. Dar a conocer a los demás nuestros logros y cuán buenos somos se convierte a veces en una segunda naturaleza. Pero esto no marca ninguna diferencia en nuestra reputación a los ojos del Cielo. De hecho, y contrariamente a lo que podríamos pensar, «el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 18: 14). Jesús también nos aconseja que ocupemos el último lugar y dejemos que el anfitrión sea quien nos ensalce si así lo desea (Luc. 14: 8-10). Este reino que enseña Jesús funciona a la inversa y rompe por completo nuestras expectativas. «Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).

Cuando percibimos y reconocemos nuestro verdadero estado de pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de Cristo, podemos acercarnos a él con la certeza de que «si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).

Cuanto más nos acercamos a Cristo, más conscientes nos volvemos de nuestra pecaminosidad e indignidad. «Hay una sola forma en que podemos obtener un conocimiento verdadero de nosotros mismos. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los mortales a exaltarse en su propia justicia» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).

¿Qué piensa Dios de los soberbios? El apóstol Pedro nos dice: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes» (1 Ped. 5: 5). No puede ser más claro.

¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la gracia de Dios en tu vida? En verdad, deberíamos experimentar esta gracia a diario. También deberíamos mostrar gracia o misericordia a los demás. Dedica algún tiempo a la oración ahora mismo, pidiendo a Dios que te humille bajo su poderosa mano y sea solamente él quien te exalte a su debido tiempo.




 

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