Miércoles 15 de abril | Lección 3
LA MAYOR OFENSA
Imagina que eres uno de los discípulos de Jesús. Viajas con
él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma
innumerables vidas, incluida la tuya. La gente clama por él y te das cuenta del
privilegio que significa haber sido elegido para integrar el grupo de las doce
personas más cercanas a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más
importante de los discípulos?
Lee
Lucas 22: 24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los
discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación
constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Luc 22:24 Hubo también entre ellos una disputa sobre
quién de ellos sería el mayor.
Luc 22:25 Pero él les dijo: Los reyes de las naciones
se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados
bienhechores;
Luc 22:26 mas no así vosotros, sino sea el mayor entre
vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve.
Luc 22:27 Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la
mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre
vosotros como el que sirve.
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese
tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el
orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los
demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se
nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para
el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados
es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, p.
122).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende
a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no
percibimos su gravedad. En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no
evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un
monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros
ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo
puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con
Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el
egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: «Señor,
toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo
no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se
parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde
la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Palabras de vida del
gran Maestro, p. 127).

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