Lección 3 | Domingo 12 de abril
LAS OPRESIVAS GARRAS DEL ORGULLO
La palabra «orgullo» tal vez te hace pensar en algún político
arrogante, en una persona rica o famosa o en un pavo real. El orgullo consiste
en considerarse más importante o mejor que los demás, y es un sentimiento en el
que no se puede ni se debe confiar.
El orgullo comenzó con Lucifer, el querubín protector, quien
estaba al servicio de Dios. No sabemos cuándo ni cómo surgió el orgullo en su
corazón, pero sí sabemos que ese orgullo dio origen al gran conflicto cósmico
entre el bien y el mal. Satanás es lo opuesto a Dios (compara Isa. 14: 12-14
con Fil. 2: 5-11). Nuestro mundo ha luchado contra las consecuencias del pecado
desde que Satanás sembró la duda en las mentes de Adán y Eva y luego los tentó
a amar y confiar en ellos mismos por encima de Dios.
Lee 1
Juan 2: 15 al 17. ¿Qué tres puntos principales enseña este pasaje acerca del
orgullo y el amor al mundo?
1Jn 2:15 No améis al mundo, ni las cosas que están en
el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
1Jn 2:16 Porque todo lo que hay en el mundo, los
deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no
proviene del Padre, sino del mundo.
1Jn 2:17 Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que
hace la voluntad de Dios permanece para siempre.
¿Puede el orgullo ser positivo? Tal vez no en el contexto en
que lo conocemos, aunque podemos utilizar la palabra positivamente; por
ejemplo, cuando hablamos de los logros de una persona o en el contexto de una
profunda satisfacción por algo que alguien ha hecho («¡Estoy muy orgulloso de
ti!»). Es importante entender que la búsqueda de la excelencia y del
reconocimiento, así como el aprecio por los dones y las habilidades que Dios te
ha concedido, no es necesariamente un orgullo malsano. Según las Escrituras,
existe un tipo adecuado de amor propio (piensa en el mandato de Jesús en Mar.
12: 31, donde se nos dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos),
pero siempre se trata de un amor altruista. Las aspiraciones personales con
miras al servicio a Dios y al prójimo tampoco deben considerarse como formas
reprensibles de orgullo (ver 1 Tim. 3: 1). El orgullo consiste en no tributar a
Dios la gloria por lo que él hace en nuestra vida.
Debemos tener cuidado de recordar que nuestras posesiones,
habilidades y logros no determinan nuestro valor. En cambio, nuestro valor
siempre proviene de Dios, pues todo lo que tenemos, incluso aquello que nos
tienta a caer en el orgullo, proviene únicamente de él. Este es un punto que
nunca debemos olvidar.
¿Hasta qué punto eres orgulloso? ¿Cómo puede tu
orgullo afectar tu relación con Dios y con los demás?

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