Domingo 31 de mayo | Lección 10
LA PRISA DE LA VIDA
Había sido una semana muy ajetreada. Aunque sabía que había
mucho que hacer antes del sábado, lo urgente prevalecía sobre lo importante y
el sol se puso antes de que se diera cuenta. La familia compartió una cena
especial el viernes por la noche y adoraron juntos a Dios.
Cuando llegó el sábado por la mañana y se levantó temprano,
vio que el baño estaba sucio y lo limpió. Luego, notó que su hijo había mojado
la cama, así que metió las sábanas en la lavadora con el resto de la ropa.
Mientras preparaba el desayuno para su familia, se dio cuenta de que no había
postre para el almuerzo, así que horneó rápidamente un pastel. Vio entonces que
su marido necesitaba una camisa planchada para asistir a la iglesia, así que
también hizo eso, además de doblar algo de ropa y sacar la basura.
Entonces se detuvo y pensó: «Es sábado, el día que más amo.
Sin embargo, aquí estoy, haciendo todas estas tareas y permitiendo que estas
cosas me distraigan de lo que el sábado es en realidad: la gran ocasión para
acercarme a Dios».
Por un momento, su mente empezó a justificar sus acciones:
eran cosas que había que hacer. ¿Lo eran realmente? Se dio cuenta de que estaba
actuando como Marta, «atareada con muchos quehaceres» (Luc. 10: 40), y las
palabras de Jesús resonaron en su mente: «Marta, Marta, estás preocupada y
turbada por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria. Y María eligió la
buena parte, que no le será quitada» (Luc. 10: 41, 42). La buena parte era
sentarse a los pies de Jesús por el profundo amor que sentía por él, no solo el
sábado, sino todos los días. Ella no había elegido la buena parte aquel sábado
de mañana.
Amaba a Dios, pero era fácil olvidar que él le había dado el
sábado como un regalo para fortalecer su relación mutua. Lágrimas silenciosas
brotaban de sus ojos mientras permanecía de pie en la silenciosa cocina.
El propósito de este ejemplo no es centrarnos en lo que
debemos o no debemos hacer en sábado. Es más bien un recordatorio de por qué es
importante tomar consciencia de las cosas que debilitan u obstaculizan nuestra
relación con Dios. Cuando clamamos a Jesús porque sentimos el dolor del pecado
y la separación, él está muy cerca de nosotros (Sal. 53: 2). Sostiene un manto
blanco en sus manos manchadas de sangre. Ve nuestras lágrimas de
arrepentimiento y reemplaza nuestra ropa sucia por su manto puro de justicia.
Su pureza cubre completa y perfectamente nuestro pecado. Podemos lavar nuestras
manchadas vestiduras en su sangre (Apoc. 7: 14).
¿Cómo revelan Isaías 64: 6; Zacarías 3: 4 e Isaías
61: 10 esta importante verdad acerca de la justicia de Cristo? ¿Por qué debemos
aferrarnos siempre con fervor a lo que aquí se promete?
Isa
64:6 Si bien todos nosotros somos como
suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos
nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento.
Zac
3:4 Y habló el ángel, y mandó a los que
estaban delante de él, diciendo: Quitadle esas vestiduras viles. Y a él le
dijo: Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de
gala.
Isa
61:10 En gran manera me gozaré en
Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de
salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a
novia adornada con sus joyas.

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