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Lección 11 | RECUPÉRATE | Lunes 8 de junio

Lunes 8 de junio | Lección 11

RECUPÉRATE

Imagina a la multitud en la orilla del Mar de Galilea. Esperan el regreso de Jesús desde la primera hora de la mañana y se apiñan en torno a él cuando baja de la barca para seguirlo luego hasta la aldea de Capernaúm. De pronto, aparece Jairo, jefe de la sinagoga, y ruega a Jesús que sane a su hija.

Entre la multitud se encuentra una mujer que está enferma desde hace muchos años. Había gastado todo su dinero en médicos, pero «más bien le iba peor» (Mar. 5: 26). Ha oído hablar de este gran Hombre de Galilea y, con esperanza en el corazón, reúne las pocas fuerzas que le quedan para salir de su casa aquella mañana y unirse a la multitud. A medida que se acerca a Jesús, la presión del gentío le resulta casi asfixiante. Y entonces, entre empujones, lo ve y dice para sí: «Si tan solo tocara su manto, quedaré sana» (Mar. 5: 28).

Lee Marcos 5: 21 al 34. ¿Qué sucedió y qué podemos aprender de ello?

Mar 5:21  Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar.

Mar 5:22  Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies,

Mar 5:23  y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.

Mar 5:24  Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.

Mar 5:25  Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre,

Mar 5:26  y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor,

Mar 5:27  cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto.

Mar 5:28  Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva.

Mar 5:29  Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote.

Mar 5:30  Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?

Mar 5:31  Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?

Mar 5:32  Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto.

Mar 5:33  Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad.

Mar 5:34  Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.

Este incidente muestra el cuidado y la compasión de Jesús por los enfermos, los que están solos y quienes normalmente pasan inadvertidos en la multitud. Aquel día, muchos se acercaron a Jesús mientras iban a la deriva con la multitud, pero solo una persona se acercó al Maestro para recibir la bendición que tanto necesitaba. Sin embargo, no fue su toque lo que le permitió recuperar la salud, sino su fe (Mar. 5: 34). «El Salvador podía distinguir el toque de la fe del contacto casual de la muchedumbre desprevenida» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 317). El manto de Jesús no tenía ningún poder especial, sino que fue la fe de la mujer y su decisión de acercarse a él lo que la curó.

En medio de su sufrimiento y angustia, aquella frágil mujer pudo haber permanecido en su lecho aquel día, pero buscó deliberada y esperanzadamente a Jesús para ser sanada. No le bastó con verlo de lejos, sino que se acercó a él. Jesús nos invita a hacer lo mismo hoy. Dice: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y yo les daré descanso. Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma» (Mat. 11: 28, 29).

¿Cómo demostró esta mujer tan necesitada la veracidad de lo dicho en Ro manos 5: 3 al 5? ¿Cómo podría ocurrir esto en tu vida?

Rom 5:3  Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia;

Rom 5:4  y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza;

Rom 5:5  y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. 




 

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