Lección 11 | Jueves 11 de junio
VER A JESÚS
¿Has deseado alguna vez ver a Jesús cuando estabas
desanimado? He aquí la experiencia de alguien que tuvo ese privilegio.
«Me veía sentada con profunda desesperación; con el rostro
oculto entre las manos, reflexionaba así: Si Jesús estuviera en la tierra, iría
a postrarme a sus pies y le manifestaría cuánto sufro. No me rechazaría.
Tendría misericordia de mí, y por siempre le amaría y serviría. En aquel
momento se abrió la puerta y entró un personaje de aspecto y porte hermosos. Me
miró con compasión y dijo: “¿Deseas ver a Jesús? Está aquí, y puedes verlo si
quieres. Toma cuanto tengas y sígueme”.
»Escuché esas palabras con gozo indecible y alegremente
recogí cuanto poseía, todas las cosas que apreciaba, y seguí a mi guía. Me
condujo a una escalera escarpada y de apariencia frágil. Cuando empecé a subir
los peldaños, me advirtió el guía de que mantuviera la vista hacia arriba, para
que no me dieran vértigos y cayera. Muchos otros que trepaban por la escalinata
caían antes de llegar a la cima.
»Finalmente llegamos al último peldaño y nos detuvimos ante
una puerta. Allí el guía me indicó que dejara cuanto había traído conmigo. Lo
depuse todo alegremente. Entonces el guía abrió la puerta, y me mandó a entrar.
En un momento estuve delante de Jesús. No había error, pues aquella hermosa
figura, aquella expresión de benevolencia y majestad, no podían ser de otro.
Cuando su mirada se posó sobre mí, supe en seguida que comprendía todas las
dificultades de mi vida y todos mis íntimos pensamientos y emociones.
»Traté de ocultarme de su mirada, pues me sentía incapaz de
resistirla, pero él se me acercó sonriente, y posando su mano sobre mi cabeza,
dijo: “No temas”. El dulce sonido de su voz hizo vibrar mi corazón con una
dicha que no había experimentado hasta entonces. Yo estaba muy gozosa para
pronunciar una palabra, y así fue que, profundamente conmovida, caí postrada a
sus pies. Mientras que allí yacía impedida, pasaron ante mi vista escenas de
gloria y belleza, y me pareció haber alcanzado la salvación y la paz del cielo.
Por último, cuando recobré mis fuerzas me levanté. Todavía me miraban los
amorosos ojos de Jesús, cuya sonrisa inundaba de alegría mi alma. Su presencia
despertaba en mí santa veneración e inefable amor. [...]
»Este sueño me infundió esperanza [y] fe [...] y en mi alma
alboreó la hermosa sencillez de la confianza en Dios» (Elena G. de White,
Primeros escritos, pp. 110, 111).
En medio de los reveses de la vida, debemos centrarnos en
Jesús y en lo que él nos revela acerca de cuánto nos ama Dios.
¿Qué esperanza puedes extraer de lo que está
escrito en Romanos 8: 18 y 28?
Rom 8:18 Pues tengo por cierto que las aflicciones del
tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de
manifestarse.
Rom 8:28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas
las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son
llamados.

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