Lección 12 | Viernes 19 de junio
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR
«Cualquiera que sea la profesión que se haga, nadie tiene
amor puro para con Dios a menos que tenga amor abnegado para con su hermano.
Pero nunca podemos entrar en posesión de este espíritu tratando de amar a
otros. Lo que se necesita es que esté el amor de Cristo en el corazón. Cuando
el yo está sumergido en Cristo, el amor brota espontáneamente» (Elena G. de
White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 318).
«Las personas que se ocupan más activamente en hacer con
interés y fidelidad la obra que les corresponde en la tarea de ganar almas para
Cristo son las que más se desarrollan en espiritualidad y devoción» (Elena G.
de White, El evangelismo, p. 267).
«La fuerza para resistir al mal se obtiene mejor mediante el
servicio agresivo» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 82).
«A fin de entrar en su gozo —el gozo de ver almas redimidas
por su sacrificio—, debemos participar de sus labores en favor de su redención»
(El Deseado de todas las gentes, p. 120).
«Los que no aceptan el privilegio de la comunión con Cristo
en el servicio rechazan la única educación que podría capacitarlos para
participar con él de la gloria» (Elena G. de White, La educación, p. 239).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. ¿Por qué es el amor tan fundamental y esencial para
cualquier tipo de testimonio eficaz?
2. ¿Has comprobado que la ganancia de almas está vinculada a
una experiencia personal y vibrante con Dios?
3. ¿Es necesaria una comprensión básica para compartir a Dios
con los demás? Si es así, ¿cuál es?
4. ¿Por dónde comenzarías para dar un estudio bíblico a un no
creyente: exponiendo ciertas doctrinas o invitando a la persona a conocer a
Jesús?
5. Canta o escucha la letra del himno N° 297 del Himnario
adventista, titulado «Salvado con sangre por Cristo» y reflexiona acerca de las
maneras en que estás proclamando a Cristo.
RESUMEN:
Cuando el amor de Dios y su Palabra viva y poderosa llenan
nuestra vida, nos sentimos compelidos a amarlo y compartirlo con quienes nos
rodean. Debemos orar y ser reflexivos y decididos a la hora de testificar,
teniendo la certeza de que la Palabra de Dios, que sale de su boca, no volverá
a él vacía, sino que hará lo que él quiere, y tendrá éxito en aquello para lo
que la envió (Isa. 55: 11).

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