Lunes 22 de junio | Lección 13
FINALMENTE, CARA A CARA
Fuimos creados para estar cerca de Dios (Gén. 2: 7). Desde
que entró el pecado, el Señor lo ha dado todo para restaurar nuestra relación
rota con él (Juan 3: 16). Ha puesto el anhelo de eternidad en nuestros
corazones, aunque los seres humanos no podamos comprender completamente todo lo
que Dios ha hecho (Ecl. 3: 11). Somos parte del gran conflicto que se
libra a nuestro alrededor y dentro de nosotros. Sin embargo, no solemos
detenernos lo suficiente a considerar el gran costo que ha significado para
Dios la restauración de la relación que él desea tener con nosotros. Demasiado
absortos en nuestras luchas y pruebas terrenales, olvidamos a menudo que
«nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos ansiosamente al
Salvador, al Señor Jesucristo, quien transformará el cuerpo de nuestra bajeza
para que sea semejante a su cuerpo de gloria, por el poder que tiene de sujetar
todas las cosas a sí» (Fil. 3: 20, 21).
0Sabemos que un día aparecerá una pequeña nube blanca en el
cielo, sobre la cual veremos a «uno sentado semejante al Hijo del hombre, con
una corona de oro en su cabeza, y en su mano una hoz aguda» (Apoc. 14: 14).
Jesús estará acompañado por miles de ángeles (Mat. 25: 31) y todo ojo lo verá
(Apoc. 1: 7). Cuando descienda, oiremos su voz semejante a un toque de
trompeta, y quienes durmieron en Cristo resucitarán primero (1 Tes. 4: 16) y
reconocerán la voz de aquel que los llama (Juan 5: 28).
¿Qué ocurrirá luego? Lee 1 Tesalonicenses 4: 17. Lo
que Pablo describe en Filipenses 2: 10 y 11 resonará finalmente en todo el
universo.
1Ts 4:17 Luego nosotros los que vivimos, los que
hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para
recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.
Flp 2:10 para que en el nombre de Jesús se doble toda
rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;
Flp 2:11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el
Señor, para gloria de Dios Padre.
¡Qué pensamiento tan asombroso y magnífico! Un día veremos a
Jesús, oiremos su voz y confesaremos que él es el Señor, Aquel de quien hemos
leído, en cuyo nombre hemos orado y de quien hemos hablado a otros. Veremos
cara a cara a Aquel a quien nuestros corazones han anhelado. Podemos estar
seguros de ello, porque Dios es fiel y sus promesas son verdaderas (Apoc. 22:
6).
En ese momento, cuando suene la trompeta, cuando todo ojo vea
a Jesús y los redimidos contemplemos su rostro, sabremos que la espera, junto
con cada oración perseverante, cada momento de comunión con él, cada testimonio
audaz dado acerca de él y cada prueba valieron la pena y no fueron en vano
(Apoc. 22: 4).

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