Viernes 26 de junio | Lección 13
PARA ESTUDIAR Y MEDITAR
«Si no recibimos la religión de Cristo por alimentarnos de la
Palabra de Dios, no tendremos derecho a la entrada en la ciudad de Dios.
Habiéndonos alimentado de manjares terrenales, habiendo educado nuestros gustos
en el amor a las cosas mundanas, no estaremos capacitados para entrar en las
cortes celestiales; no apreciaríamos las puras corrientes celestiales que
circulan en el Cielo. No nos satisfarían las voces de los ángeles ni la música
de sus arpas. La ciencia del Cielo resultaría un enigma para nuestra mente.
Necesitamos tener hambre y sed de la justicia de Cristo; necesitamos ser
modelados y formados por la influencia transformadora de su gracia a fin de que
seamos idóneos para la sociedad de los ángeles celestiales. [...]
»Entonces las naciones no tendrán otra ley que la Ley del
Cielo. Constituirán una familia unida y feliz vestida con el ropaje de la
alabanza y la gratitud. [...] Sobre la escena, todas las estrellas matutinas
cantarán y los hijos de Dios gritarán de gozo mientras Dios y Cristo se unan
para exclamar: “¡No habrá más pecado, ni muerte!”» (Elena G. de White, La fe
por la cual vivo, p. 367).
PREGUNTAS PARA DIALOGAR:
1. Escucha o lee la visión que Elena G. de White tuvo del
Cielo y que se encuentra en Primeros escritos, pp. 38 a la 43. ¿Qué es lo que
más te llama la atención de esta descripción?
2. ¿Qué aspecto de las lecciones de este trimestre deseas
recordar más para mantener firme tu relación con Dios hasta que veas a Jesús
cara a cara?
3. ¿Quiénes de entre tus conocidos necesitan escuchar acerca
de la esperanza del Cielo? Comprométete a compartirla con ellos lo antes
posible. Recuerda que no puedes compartir con otros una esperanza que tú mismo
no tienes.
RESUMEN:
Mientras mantenemos nuestros ojos en la meta, estemos seguros
de que «el que empezó» en nosotros «la buena obra, la irá perfeccionando hasta
el día de Jesucristo» (Fil. 1: 6). Dios inició la relación que tiene contigo, y
él la completará. Que crezcamos en amor y en fe mientras esperamos ese día,
descansando siempre solo en la justicia de Cristo, que nos es acreditada por la
fe.

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