Miércoles 23 de septiembre | Lección 13
LA COMUNIÓN DEL ESPÍRITU
SANTO
La gracia de Jesús no solo revela el amor que Dios siente por
nosotros, sino también nos otorga la comunión del Espíritu como un efecto
adicional de ese amor. Al mismo tiempo, la comunión tiene su origen en el amor
de Dios, ya que ella no es posible sin amor. Como escribe Pablo: «Por tanto, si
hay algún estímulo en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del
Espíritu, si alguna ternura y compasión; completen mi gozo, tengan el mismo
sentir, el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa» (Fil. 2: 1-2).
Algunas personas sostienen que el Espíritu Santo es solo una
fuerza o influencia. ¿Qué sentido tendría que Pablo mencionara a dos personas
—el Padre y el Hijo— junto con una mera «fuerza» en una fórmula trinitaria? Eso
no tendría sentido. Así como el Padre y el Hijo se presentan en una relación
personal (2 Cor. 1: 3; 11: 31), la relación del Espíritu con las
personas nos lleva a la conclusión de que él también es una persona (Rom. 8:
15-16; ver también Juan 14: 16-17, 26; 15: 26).
La expresión «comunión del Espíritu» (Fil. 2: 1) puede
entenderse de dos maneras. Puede significar la comunión entre nosotros
concedida por el Espíritu, o la comunión con el Espíritu mismo. Varios
intérpretes de la Biblia sostienen que estos sentidos no son mutuamente
excluyentes. Después de todo, la comunión entre nosotros es la consecuencia de
la comunión con el Espíritu.
Lee 1 Corintios 2: 10-11; 3: 16; 12: 11; 2
Corintios 3: 6-17. ¿Qué enseñó Pablo a los corintios acerca del Espíritu?
1Co 2:10 Pero Dios nos las reveló a nosotros por el
Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.
1Co 2:11 Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas
del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie
conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.
1Co 3:16 ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el
Espíritu de Dios mora en vosotros?
1Co 12:11 Pero todas estas cosas las hace uno y el
mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.
2Co 3:6 el cual asimismo nos hizo ministros
competentes de un nuevo pacto,(B) no de la letra, sino del espíritu; porque la
letra mata, mas el espíritu vivifica.
2Co 3:7 Y si el ministerio de muerte grabado con
letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron
fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro,(C) la
cual había de perecer,
2Co 3:8 ¿cómo no será más bien con gloria el
ministerio del espíritu?
2Co 3:9 Porque si el ministerio de condenación fue
con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación.
2Co 3:10 Porque aun lo que fue glorioso, no es
glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente.
2Co 3:11 Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más
glorioso será lo que permanece.
2Co 3:12 Así que, teniendo tal esperanza, usamos de
mucha franqueza;
2Co 3:13 y no como Moisés, que ponía un velo sobre su
rostro,(D) para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de
aquello que había de ser abolido.
2Co 3:14 Pero el entendimiento de ellos se embotó;
porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo
velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado.
2Co 3:15 Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a
Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos.
2Co 3:16 Pero cuando se conviertan al Señor, el velo
se quitará.
2Co 3:17 Porque el Señor es el Espíritu; y donde está
el Espíritu del Señor, allí hay libertad.
Pablo tiene mucho que decir acerca de la obra del Espíritu.
En 1 y 2 Corintios existen más de cuarenta referencias al Espíritu Santo, quien
promueve la edificación de la iglesia (1 Cor. 14: 12), capacita a las personas
para la misión (1 Cor. 2: 4-5), nos revela las cosas profundas de
Dios (1 Cor. 2: 10-11) y nos las enseña (1 Cor. 2: 13), mora en nosotros
(1 Cor. 3: 16; 6: 19), coopera con Cristo para nuestra justificación (1 Cor. 6:
11), otorga dones espirituales a la iglesia (1 Cor. 12-14), nos sella para la
salvación (2 Cor. 1: 22), imprime la ley en los corazones humanos (2 Cor.
3: 3), y da nueva vida en Cristo (2 Cor. 3: 6) y libertad del pecado (2 Cor. 3:
17). Sin duda, no podemos vivir sin el Espíritu Santo.

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