Viernes 16 de octubre | Lección 3
IMPERFECTOS PERO DISPUESTOS
Como hemos visto, la experiencia de los profetas del Antiguo
Testamento demuestra que nunca ha sido fácil ser un mensajero de Dios. Elena de
White experimentó las mismas inquietudes que los profetas bíblicos. Como
aprendimos el viernes pasado, era joven, tímida y no gozaba de buena salud
cuando recibió el llamado de Dios. Aunque una segunda visión confirmó su
llamado, Elena seguía preocupada por el llamado de Dios y escribió lo
siguiente: «Aproximadamente una semana después, el Señor me concedió otra visión
en la que me mostró las pruebas por las que debía pasar; que debía ir y contar
a otros lo que él me había revelado; que encontraría gran oposición y sufriría
angustia espiritual. […]
»Esta visión me turbó enormemente. Mi salud era muy delicada
y solo tenía diecisiete años. […] Oré fervientemente para que esa carga
recayera sobre otra persona. Pero la respuesta que obtuve fue: “Da a conocer a
los demás lo que te he revelado”. No estaba dispuesta a ir al mundo. Por
naturaleza, tenía poca confianza en mí misma. […] Deseé morir. La muerte me
parecía preferible a las responsabilidades que tendría que asumir» (Spiritual
Gifts, t. 2, pp. 35-36).
La joven Elena habría preferido morir antes que aceptar su
misión como vocera de Dios. Tras mucha oración y ánimo de sus compañeros
creyentes, accedió y dedicó el resto de su vida a obedecer «los mandatos de
Dios» (Elena de White, Spiritual Gifts, t. 2, p. 38).
Como resultado de ello, llegaría a ser la voz más influyente
de la futura Iglesia Adventista del Séptimo Día y para esta. Sin embargo, Elena
era humana y tenía sus propios defectos, problemas de salud, desafíos
familiares y conflictos interpersonales. Sin embargo, y a pesar de su
humanidad, la gran lección que su caso nos enseña es que Dios elige a personas
imperfectas dispuestas a servir.
Bajo la guía del Espíritu Santo, el ministerio profético de
Elena de White animaría a los creyentes y los conectaría con las verdades
bíblicas. En 1860, ella había desempeñado un papel destacado en el desarrollo
de la entonces incipiente confesión adventista del séptimo día y su misión de
proclamar los mensajes de los tres ángeles al mundo. Dios orientó a estos
creyentes para organizar la Iglesia Adventista del Séptimo Día en 1863. En
décadas posteriores, la voz profética de Elena de White fue determinante en el
establecimiento de los sistemas adventistas de salud y educación a nivel
mundial. Sin embargo, la contribución más importante de su ministerio son las
aproximadamente cien mil páginas de sus escritos inspirados, que continúan
comunicando la instrucción divina en todo el mundo.
Para conocer más acerca de este tema, lee Elena de White,
Mensajes selectos, t. 3, pp. 46-54; y Jiří Moskala, «La voz profética en el
Antiguo Testamento», en El don de profecía en las Escrituras y en la historia,
ed. por Dwain N. Esmond y Alberto R. Timm (Miami, FL: APIA, 2016), pp. 1-42.

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