Lección 7 | Martes 10 de noviembre
DESTRUYENDO EL MENSAJE:
PARTE 2
Las respuestas humanas al don profético son muy variadas. En
el caso de Moisés, los hijos de Israel se rebelaron abiertamente contra él y
Aarón, impulsados por el temor a los enemigos con los que se encontrarían al
intentar entrar en la tierra prometida.
Años más tarde, el rey Joacim quemó el mensaje de Dios con la
esperanza de destruir la palabra profética.
Sin embargo, estos no fueron casos aislados. La historia del
antiguo Israel y Judá fue, con raras excepciones, una de rechazo a los
profetas.
Lee 2 Crónicas 36:15-16. ¿Cómo respondió la nación de Judá a
los mensajes que Dios le envió por medio de sus profetas? ¿Cómo reaccionó
finalmente Dios ante el comportamiento de Judá?
2Cr
36:15 Y Jehová el Dios de sus padres
envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él
tenía misericordia de su pueblo y de su habitación.
2Cr
36:16 Mas ellos hacían escarnio de los
mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas,
hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.
El ministerio profético de Jeremías abarcó los reinados de
Josías, Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías. El reino de Babilonia, liderado
por Nabucodonosor, estaba ahora a las puertas de Judá. Las profecías de
Jeremías se cumplieron casi por completo cuando un joven de 21 años llamado
Sedequías subió al trono (2 Crón. 36:11). La Biblia dice: «Hizo lo malo
ante el Señor, su Dios, y no se humilló ante el profeta Jeremías, que le
hablaba de parte del Señor» (2 Crón. 36:12).
Nota cómo es descrito el don profético de Jeremías. Se lo
considera un portavoz de Dios. Sin embargo, Sedequías no se humilló ante el
profeta, quien, aunque era solo un hombre, un pecador como todos nosotros, era
el representante del Señor, en cuyo nombre hablaba.
Jeremías fue uno de los muchos que desempeñaron ese papel.
Durante siglos, Dios había estado enviando profetas a su pueblo (Éxo. 3:15;
Sal. 105:26; Mal. 3:1; Isa. 6:8; Jer. 25:4; Mat. 11:13; Luc. 11:49; etc.), pues
«no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2
Ped. 3:9). La historia del antiguo Israel y Judá es la de los incesantes
intentos de Dios de llegar a su pueblo descarriado con sus promesas de
salvación, si tan solo se arrepiente.
Pero, en esa última hora de la historia de Judá, la gracia
extendida por Dios a la nación por medio de la guía y el consuelo de la voz
profética de Jeremías fue recibida, no con humildad, fe y arrepentimiento, sino
con burlas y escarnio.
Se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron
sus palabras y se mofaron de sus profetas, algo que nosotros nunca haríamos, ¿o
sí?

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